Manos Fuera de Venezuela
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En la medianoche del domingo 3 de febrero expiraba el ultimátum lanzado por Pedro Sánchez y la Unión Europea para que Nicolás Maduro convocara elecciones presidenciales en Venezuela. Dicho plazo no ha sido más que una hoja de parra para encubrir la sumisión del gobierno español y la Unión Europea a los dictados del departamento de Estado norteamericano y de las multinacionales a ambos lados del Atlántico, que exigen el reconocimiento de Juan Guaidó para reforzar el bloque de países que apoyan el golpe de estado y la intervención estadounidense en Venezuela.

En una reunión del Consejo de la Internacional Socialista celebrada en República Dominicana, Pedro Sánchez se permitió calificar a Nicolás Maduro de “tirano”, acusándolo de responder "con balas y prisiones" a las “ansias de libertad y democracia del pueblo". Al parecer, el presidente del gobierno español y secretario general del PSOE no tiene noticia de la represión que el democrático gobierno francés está ejerciendo contra el movimiento de los chalecos amarillos, ni de los asesinatos cotidianos de dirigentes sociales en Colombia, ni curiosamente tampoco de la existencia de presos políticos en España, nueve de los cuales se van a enfrentar en pocos días a un juicio cuyo veredicto ya está escrito. Sánchez carece de legitimidad política y moral para lanzar tales acusaciones contra el gobierno bolivariano.

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Hasta ayer mismo, para los dirigentes del PSOE y los medios de comunicación “progresistas” españoles, gente como Trump, Bolsonaro o Abascal eran la encarnación del autoritarismo, del nacionalismo excluyente, y hasta del fascismo, y una amenaza para la democracia; pero ahora se han convertido mágicamente en leales compañeros suyos en la defensa de dicha democracia y de los derechos humanos contra la “dictadura venezolana”. En realidad, todos ellos, desde los dirigentes del PSOE hasta Abascal no representan más que diferentes alas del Establishment capitalista español y mundial, se pelean entre ellos por cosas pequeñas, pero en las cuestiones fundamentales: las que atañen a los intereses del imperialismo y de las multinacionales, responden con una sola voz a los dictados de sus amos. Su “democracia” sólo es una tapadera que encubre el saqueo y la explotación de la burguesía mundial contra la clase trabajadora y los pueblos sometidos o que pretenden someter.

Un interesante artículo en El País explica las presiones de Trump sobre España para que se unan a su línea golpista de "cambio de régimen" en Venezuela y cómo Sánchez se ha subordinado a la misma. Por si a alguien le quedaba duda, la secuencia no fue que Guaidó se auto-proclamó y luego Trump le reconoció, sino que Trump le dio instrucciones a Guaidó para que se proclamara. El régimen Trump avisó a España de lo que iba a suceder en Venezuela (porque ellos eran los que movían los hilos). El vicepresidente Mike Pence se había reunido con Guaidó la semana antes de su auto-proclamación. Cuando el embajador de EEUU habla con el ministro de exteriores español Borrell no conversa ni intercambia opiniones, le plantea demandas. Y, como era de esperar, Sánchez se plegó a las exigencias de Trump, uniéndose así al coro de Casado, Rivera y Abascal, espoleados por el “exilio” venezolano, que pugna por jugar en España el mismo papel reaccionario que el “exilio” cubano juega en EEUU.

Aumentando la presión para reconocer a Guaidó, el embajador de los EEUU en España Duke Buchan III (un empresario sin ninguna experiencia ni formación diplomática cuyo único mérito parece ser haber sido un generoso contribuyente a la campaña de Trump) publica un artículo en El Mundo para reiterar sus exigencias, una intromisión escandalosa en los asuntos internos de otro país. Así es cómo el "socialdemócrata" Sánchez, que gobierna gracias a los votos de Unidos Podemos, se une al "cambio de régimen" en Venezuela organizado por Trump y apoyado por Bolsonaro. Una decisión que, como bien dijo el diputado de Unidos Podemos Pablo Bustinduy, perseguirá a Pedro Sánchez de por vida.

La política exterior de Pedro Sánchez es la continuación lógica de su política interior. Tras más de medio año en la Moncloa, éste no ha resuelto ninguno de los problemas fundamentales que aquejan a la clase trabajadora del Estado español y que motivaron las grandes movilizaciones del pasado año que finalmente hicieron posible la moción de censura. Los precios de la luz y de la vivienda siguen por las nubes, continúan la precariedad laboral y la odiada reforma laboral del PP, la Ley Mordaza sigue vigente, el frente único con la derecha respecto a Cataluña se mantiene en lo sustancial brindando argumentos a la reacción a favor del patrioterismo franquista, la Iglesia mantiene sus privilegios insultantes, y la momia de Franco sigue en su sitio. La reciente subida del salario mínimo a 900€, que beneficia a un sector limitado de la clase trabajadora, no compensa las expectativas frustradas.

El miedo a enfadar al IBEX35 condiciona toda la política timorata de Sánchez, y explica también su alineamiento con EEUU en la crisis venezolana. Las multinacionales españolas que operan en Venezuela nunca han confiado en el gobierno bolivariano, pese a su política de conciliación y a que estas han hecho beneficios astronómicos allá, y exigen un cambio de régimen en para acabar con los planes sociales, la legislación laboral progresiva, las regulación del mercado venezolano  y de los gravámenes actuales sobre los beneficios. No importa que esto traiga consigo la destrucción de las conquistas sociales de la Revolución Bolivariana, la represión sobre el movimiento popular e incluso un enfrentamiento civil o una intervención imperialista. Esto es lo que Pedro Sánchez ha apoyado con su reconocimiento a Guaidó, los intereses del mismo puñado de capitalistas que dominan el Estado español; y con esto, Pedro Sánchez está cavando su tumba política.

La crisis venezolana está sirviendo para delimitar claramente los dos sectores principales en los que podemos dividir, hoy por hoy, a la izquierda parlamentaria española. Además del gobierno del PSOE, la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena también se ha pronunciado a favor de un “cambio de régimen” en Venezuela y de que se reconozca a Juan Guaidó como presidente legítimo del país. Al igual que Sánchez, ha dedicado los más sonoros epítetos al gobierno bolivariano, hablando de “dictadura horrorosa” y negando que el pronunciamiento de Guaidó constituya un golpe de estado.

Estas tendencias no son nuevas en la señora Carmena y su entorno: ya en junio de 2017 el equipo de gobierno de Ahora Madrid recibió con alharacas al padre del golpista Leopoldo López y se comprometió con él a “algún acto o declaración pública" de apoyo a la liberación de “presos políticos” en Venezuela, en un momento en el que los piquetes armados de la oposición sembraban el caos en Venezuela causando decenas de víctimas. Esto no es más que un reflejo del compromiso absoluto de Carmena con el régimen del 78 y los poderes económicos, y también de la cooptación al régimen de los elementos de Podemos más cercanos a la alcaldesa y también a Íñigo Errejón.

Estas declaraciones de Carmena ponen en un serio aprieto a los dirigentes de Unidos Podemos. Ante la escalada de los acontecimientos, estos se han mantenido firmes en la condena a la injerencia extranjera en Venezuela y al golpismo de la oposición de derechas, lo cual es muy positivo, aunque sus propuestas para la solución del conflicto no vayan más allá de los repetidos llamamientos al diálogo que nunca logran apaciguar a la oposición golpista. Esto es particularmente cierto en el caso de la dirección de Izquierda Unida, que ha mantenido siempre una postura de apoyo incondicional al gobierno bolivariano, mientras que los dirigentes de Podemos se han movido en la ambigüedad calculada desde la misma fundación del partido.

Recientemente, Pablo Iglesias dijo en sede parlamentaria que no se identificaba con muchas de sus antiguas opiniones sobre Venezuela y que reconocía que la situación económica y social en el país es “nefasta”. Si bien, no concretaba qué opiniones eran esas, de si se retractaba de haber apoyado la Revolución Bolivariana o sólo de alguna de sus deficiencias. En algunos aspectos, podemos coincidir en el diagnóstico sobre la situación actual de Venezuela, como pueden atestiguar los análisis que nuestros camaradas de la sección venezolana de la CMI publican regularmente. Pero el deber de un dirigente es explicar el porqué de esa situación y señalar las posibles salidas. Al no hacerlo, Iglesias debilita la posición de Unidos Podemos ante el conflicto y refuerza al gobierno y a la derecha. La ambigüedad no apacigua a la derecha y genera confusión en la base social de Unidos Podemos. La izquierda debe mantenerse firme en la condena al golpe de estado y en la defensa de la revolución bolivariana. Y con ello, no está obligada a identificar sus posiciones con la política del gobierno de Maduro, que se ha caracterizado por tratar de contentar a la oligarquía venezolana mientras ésta boicotea sistemáticamente la economía del país, en lugar de proceder a la expropiación de esta oligarquía parásita a través de la movilización y la organización popular y con mecanismos de control obrero.

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Lo que se juega en Venezuela es enormemente serio: la derrota de la Revolución Bolivariana a manos de la reacción interna y la intervención extranjera provocaría la destrucción de las conquistas sociales de la Revolución, la represión sangrienta del movimiento bolivariano, un plan económico de ajuste brutal y la entrega a gran escala de las riquezas del país a las multinacionales depredadoras; en suma, sería una receta acabada para la esclavización del pueblo trabajador venezolano. Pero no sólo eso, además traería una ola de desmoralización y retroceso en América Latina que inevitablemente acabaría afectando a la izquierda y el movimiento obrero en Europa. En el Estado español, la victoria de la reacción en Venezuela debilitaría aún más a Unidos Podemos y fortalecería momentáneamente al bloque de las derechas y al régimen del 78.

Desde la corriente marxista Lucha de Clases, repudiamos las injerencias del gobierno español y de la Unión Europea en los asuntos internos de la República Bolivariana de Venezuela y hacemos nuestras las propuestas de los camaradas de la sección venezolana de la CMI: combatir el golpe de Estado con organización popular desde abajo. Llamamos igualmente a la movilización en el Estado español y en todo el mundo contra este intento descarado de golpe de Estado imperialista. La única salida es completar la revolución en líneas socialistas.