Análisis Político
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Editorial Lucha de Clases nº88 .- El pasado mes de septiembre el mundo fue invitado, sin ser consultado, a un espectáculo carnavalesco que monopolizó las emisiones de las televisiones y medios de comunicación globales. Tal fue el ceremonial interminable de 10 días del entierro de la finada reina británica, Isabel II.

Día, tarde, noche y madrugada, en cada programa de TV y radio, en la prensa y en los medios digitales, nos contaban las bondades de la anciana, lo mucho que la gente la quería y la enorme tristeza de todas las clases sociales y pueblos del Reino Unido por la muerte de “Lizzy”. El trasiego del ataúd de la reina desde Escocia a Londres fue retransmitido en vivo, durante horas y horas, así como la ceremonia final en la Abadía de Westminster.

Uno podría tener la impresión de que no se trataba de la Reina de Gran Bretaña, sino del mundo entero.

Una de las cosas más llamativas de todo esto fue que los medios de comunicación españoles, y particularmente la televisión pública, sobresalieron en su cobertura de este evento muy por encima del resto de países europeos. Y esto no fue ninguna casualidad.

Toda la pompa y ceremonia tuvo cómo único fin ofrecer un espectáculo alienante a la población, alejarla de sus problemas reales y sus miserias cotidianas, ofreciéndole un narcótico de emociones, colores, y música para convencerla de que la causa de la monarquía era su propia causa, y de que la gente que merece estos homenajes y entierros son de un linaje diferente al resto de los mortales, son casi divinos. La monarquía debe ser, por tanto, una causa sagrada que hay que defender y apoyar.

Y aquí entramos de lleno en el asunto: el papel de la monarquía. A diferencia del decorado que caracterizó el “luto” por Isabel II, sus poderes institucionales, los mismos que los del rey español Felipe VI, no tienen nada de teatrales. Ninguna ley puede entrar en vigor sin su firma. Ningún presidente del gobierno electo por el pueblo puede tomar posesión sin su presencia. Son jefes de los ejércitos, por encima de los primeros ministros. En última instancia, son un arma de reserva para la clase dominante, en caso de que las cosas se pongan feas para el “establishment”.

Sin embargo, la “autoridad” de las monarquías británica y española ha sido horadada en años recientes por sus continuos escándalos de corrupción, desprecio al pueblo y privilegios de todo tipo. Eran harto conocidas las actitudes racistas de Isabel II y de su también finado marido Felipe, y su desdén hacia el pueblo común, así como la defensa del legado colonial imperialista británico; también la frivolidad y blandenguería del nuevo rey Carlos III, o la implicación en casos de violación y pederastia del hermano de éste, Andrés. Pero, ¿qué decir de nuestra monarquía? Sin duda, está a la cabeza de las realezas europeas en corrupción, hipocresía moral y privilegios dinásticos. Ungida por la dictadura franquista, no hay recogida una sola crítica a la dictadura, ni de Juan Carlos I ni de Felipe VI. La corrupción afecta a cada miembro de la Casa Real, comenzando por el “pater familias” Juan Carlos. Constitucionalmente, pueden delinquir a voluntad sin ser encausados ni sancionados.

Gran Bretaña y el Estado español gozan de monarquías paralelas en decadencia, así como de regímenes políticos y sociales igual de decadentes. En ambos, se agranda la brecha social entre los que más y menos tienen, la inflación disparada, el desprestigio de sus instituciones, el desarrollo de las tendencias separatistas, como Escocia en el Reino Unido y Catalunya en el Estado español.

Aunque los ciclos políticos difieren, gobierno de la derecha allí y de la izquierda reformista aquí, las tendencias generales son las mismas.

Con la nueva crisis económica en ciernes, se acelerará la crisis general del sistema. Tratarán de utilizar los “poderes de reserva” de la monarquía para frenar la ira popular. Pero será un cuchillo sin filo, con un crecimiento paralelo de las tendencias republicanas en la sociedad, que ya son sustanciales en ambos países. La disputa será: a qué clase obrera de uno u otro país le corresponderá el honor de ser la primera en abolir la monarquía y el sistema capitalista que la sustenta.

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