Europa
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En Francia, cientos de miles de personas participan desde mediados de noviembre en el movimiento de los chalecos amarillos, a través de múltiples cortes de carreteras, para manifestarse contra la subida de los impuestos sobre los carburantes y, en general, contra la cada vez mayor carestía de la vida. Este movimiento es el resultado inevitable de una crisis económica cada vez más problemática para el actual gobierno Macron; entre los recortes en las ayudas sociales, el aumento de impuestos y otras medidas de austeridad, el movimiento de los chalecos amarillos refleja la asfixia de la población francesa, estrangulada por el estancamiento de los salarios y el aumento continuo del coste de la vida.

Pero en la isla Reunión, departamento francés de ultramar, el movimiento de los chalecos amarillos es el más importante, hasta el punto de que el gobierno ha impuesto el toque de queda. En efecto, desde el inicio del movimiento, la isla está totalmente bloqueada; las carreteras y el puerto están bloqueados, las escuelas y la administración están cerradas, los hospitales están ralentizados, los comercios sólo abren por la mañana si es que no están cerrados. Se ha instaurado una solidaridad entre los manifestantes. Las barricadas son renovadas regularmente y protegidas, y el movimiento es apoyado por una buena parte de la población. Gracias a las redes sociales, los manifestantes se reagrupan y las barricadas son muy móviles.

Se trata de la crisis más grave que ha conocido la isla desde los años 90. Hasta hoy, las reivindicaciones del movimiento son numerosas, y no se ha establecido todavía una dirección clara. Los reunioneses esperan un reconocimiento de sus dificultades por parte del gobierno, pero de momento el Estado no les ha mandado más que a las fuerzas del orden para tratar de escarmentarlos.

El hecho de que el movimiento de los chalecos amarillos haya encontrado un gran eco entre los trabajadores reunioneses no tiene nada de sorprendente: desde hace muchos años, los habitantes de la isla Reunión, aunque franceses, sufren un costo de la vida más alto que sus compatriotas. En la Reunión todo es más caro que en la metrópoli, en parte porque los productos son importados y por lo tanto entre un 30 y un 50% más caros de lo normal. Y esto sin contar con el hecho de que el 40% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y que un tercio de la población activa está sin empleo. Entre los jóvenes, la tasa de paro llega al 56%. Los reunioneses tienen la impresión de ser franceses de segunda, con razón; su isla es gobernada mayoritariamente por metropolitanos, mientras que los propios reunioneses hacen frente a un desempleo de masas. Sobre todo, son abandonados por el gobierno. La subida del impuesto sobre el carburante no ha sido más que una chispa para esta crisis que tenía que estallar desde hace tiempo.

En respuesta al movimiento, la ministra de Ultramar, Annick Girardin, viajará a la isla el 28 de noviembre. Ha prometido que el precio del carburante bajará inmediatamente y ha hablado de hacer "otros anuncios" sobre el coste de la vida. Los chalecos amarillos le han prometido un recibimiento a lo grande. Afirman que se levantarán trescientas barricadas: "no pasará ningún coche". Se ha lanzado un llamamiento por las redes sociales para "demostrarle a la ministra lo que es un bloqueo".

Ante la potencia del movimiento reunionés, el gobierno Macron puede verse forzado a hacer concesiones. Pero, como hemos explicado recientemente, no tardará en retomar la ofensiva contra los trabajadores y los pobres; y los reunioneses, ya entre los más afectados por la crisis del capitalismo, estarán entre las primeras víctimas.

El bloqueo de la economía por los chalecos amarillo en la Reunión es el camino a seguir por sus compañeros en la Francia metropolitana. Los chalecos amarillos debe poner ya en el orden del día la reivindicación del derrocamiento del gobierno Macron. Esto sólo se podrá conseguir si el movimiento en la metrópoli toma proporciones similares a las de la Reunión. Una movilización así en el departamento y en la metrópoli plantearía directamente la cuestión: ¿quién controla realmente la sociedad, los patrones o los trabajadores? La economía capitalista en su conjunto sería puesta en cuestión. El derrocamiento de Macron por un movimiento de masas no sería más que una primera etapa hacia el derrocamiento del propio sistema capitalista.