Venezuela es un país de sendas riquezas naturales. Gozamos de tierras fértiles, quizás lo suficientemente adecuadas para eliminar el hambre. Del subsuelo brotan petróleo, oro, coltán, diamantes, entre otras materias primas, cuya acumulación podría impulsar un desarrollo industrial de tal magnitud, fuerza y vigor que podríamos instaurar un verdadero paraíso.  Por otro lado, el trabajo real, padre y señor de todas las riquezas que existen en el mundo moderno, se dinamiza en los brazos de un pueblo que lo ha aguantado todo. Paradójicamente las riquezas y el trabajo, la primera como fruto de lo segundo, sufren una contradicción agobiante, típica del sistema de producción capitalista.

La clase obrera húngara está despertando y el movimiento estudiantil radical está allanando el camino para realizar protestas en todo el país. Desde mediados de diciembre se han organizado protestas a lo largo y ancho del país contra la prolongación de las horas de trabajo. Por primera vez  el primer ministro Victor Orbán está bajo presión.

La decisión de Theresa May, a finales del pasado año, de posponer la votación de su acuerdo sobre el Bréxit con la UE ha hecho poco más que proporcionar un breve respiro a su insoluble dilema. Su paquete negociado sigue siendo odiado por todos los sectores. En lugar de atraer a la gente a su propuesta, el período navideño ha endurecido por igual la determinación de los partidarios del Bréxit (Brexiteers) y de los que quieren quedarse en la UE (Remainers).

El acuerdo que el primer ministro socialdemócrata de Suecia, Stefan Löfven, firmó ayer [13 de enero] con el Partido Verde, el Partido del Centro y los Liberales equivale a la capitulación total. Pará llevar la lucha contra la derecha reaccionaria, el Partido de la Izquierda tiene que rechazar a Löfven como Primer Ministro y prepararse para unas elecciones generales. 

Hay que decirlo claramente, lo que está sucediendo en Venezuela es un intento de golpe de estado. El 10 de enero se juramentó el presidente Maduro para un nuevo mandato. Había ganado las elecciones del pasado 20 de mayo, en las que un sector de la oposición decidió participar y otro boicotearlas. El 11 de enero, Juan Guaidó, el presidente de la opositora Asamblea Nacional (en desacato desde 2015) desconoce al presidente Maduro y se declara dispuesto a asumir la Presidencia “con el apoyo de las fuerzas armadas, el pueblo y la comunidad internacional”.

Del 8 al 9 de enero, alrededor de 200 millones de trabajadores secundaron una huelga de dos días en toda la India, que dejó paralizado el país. La huelga fue convocada por 10 de los sindicatos más fuertes del país contra las políticas anti-obreras del gobierno de Modi. El BMS, afiliado al partido gobernante Bharatiya Janata Party (BJP), fue el único sindicato que estuvo en contra de la huelga y trató de sabotearla. Todos los demás apoyaron la huelga e hicieron grandes esfuerzos para que fuera un éxito.

El movimiento de los chalecos amarillos es un seísmo social de una potencia excepcional. Es un punto de inflexión en el curso de la lucha de clases en Francia, y una fuente de inspiración para los trabajadores del mundo entero. Tendrá un impacto profundo y duradero en la vida política del país.