El Imperialismo y la Guerra
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El COVID-19 está trayendo dislocaciones sociales sin paralelo desde la Segunda Guerra Mundial. Es una gran carga para la clase trabajadora y tiene una real importancia para los estrategas del capital.

La Segunda Guerra Mundial tuvo un efecto de radicalización de la conciencia de la clase trabajadora y acabó con revoluciones en todo el mundo. Condiciones similares producen resultados similares. La clase dominante está tratando de aprender las lecciones de la guerra para evitar que se repita dicha radicalización.

Los marxistas también deben estudiar las lecciones de la guerra y la revolución al momento de que una capa de trabajadores está ahora avanzando hacia ideas radicales e incluso revolucionarias en el período próximo.

El estallido de la guerra

La Segunda Guerra Mundial fue una masacre barbárica en la cual bajo pretexto de defender la patria -sea cual fuere-, las clases dominantes enviaron a millones de trabajadores pobres a morir por lo que, en realidad, sólo era la defensa del capital de esa patria. La inimaginable destrucción y sufrimiento causado por la guerra fue un reflejo directo de un callejón sin salida al que se enfrenta la humanidad en el capitalismo.

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No obstante, en muchos países, la clase trabajadora apoyó los esfuerzos bélicos. No en defensa de la clase dominante, sino como una forma de hacerle frente al fascismo. Éste fue el caso en Gran Bretaña, donde se entró a la guerra por medio de un apoyo cauteloso de la mayoría de las capas de la clase trabajadora que entiendan la amenaza que representaba el fascismo para su clase.

De 1936 a 1938, poco después de que los políticos Tory y periódicos como “Daily Mail” estuvieran publicando sobre el fascismo en Italia y Alemania, miles de trabajadores británicos fueron a España a pelear contra Franco como parte de brigadas internacionales durante la guerra civil española. Varios cientos de miles más donaron y recolectaron fondos para la lucha antifascista. La clase trabajadora estaba preparada ideológicamente, en sus propios términos, para pelear contra Hitler.

La amplitud con que grandes capas de trabajadores apoyaron la guerra cuando estalló, fue principalmente gracias a este sano instinto de clase en lugar del patriotismo y del amor a la bandera que tuvo más efecto en las clases medias. Los recuerdos de la guerra previa, que había puesto al desnudo los métodos imperialistas de matanza masiva con fines de lucro, permanecieron en la memoria de muchos trabajadores. Eran escépticos acerca de los motivos y objetivos reales de los políticos que los llevaban a morir a la guerra.

En junio de 1943, Ted Grant de la Liga Internacional de Trabajadores (WIL por sus siglas en inglés), escribió un artículo que rememora un episodio en particular que muestra el ánimo de la clase trabajadora tras el estallido de la guerra:

“Un episodio ilustrativo ocurrió a inicios de la guerra en 1939, antes de la caída de Francia. Los estalinistas durante su fase contraria a la guerra lanzaron una campaña sobre esto en su fortaleza de Gales del Sur. Se organizó un referéndum entre los mineros de Gales del Sur sobre la cuestión de la guerra. Este es uno de los sectores más combativos y con más conciencia de clase de toda Gran Bretaña. Una gran cantidad de descontento e inquietud surgió entre los mineros sobre la cuestión de la guerra. Sospechaban de los objetivos de la clase dominante. Bajo estas condiciones, los burócratas laboristas y reformistas tuvieron que ejecutar una maniobra para evitar que el Partido Comunista tuviera un gran apoyo entre los mineros en la votación. Organizaron el referéndum con estas dos alternativas: “contra la guerra” o “A favor de la guerra con un gobierno obrero”. Como era de esperar, obtuvieron una inmensa mayoría de votos a favor de la segunda opción. Todo esto durante el tiempo en el que Hitler no había obtenido ninguna de sus tremendas victorias y las masas no se sentían amenazadas por la suela totalitaria de los nazis.”

Ted Grant, Respuesta de la WIL a la crítica de la RSL al folleto “Prepararse para el poder”

Junio de 1943

Este tipo de apoyo cauteloso además caracteriza la actitud de muchos trabajadores hoy en día hacia las políticas del gobierno respecto al coronavirus. De hecho, muchos trabajadores han exigido que se les aplique políticas de cierre de empresas no esenciales y de distanciamiento social, contra la resistencia de sus patrones. El 93% de la gente encuestada un día antes de que Boris Johnson anunciara en el Reino Unido el cierre de las industrias no esenciales decían que aprobaban dicha medida. Y por primera vez la aprobación de Johnson como primer ministro fue positiva.

Pero decir que la clase trabajadora desconfía del gobierno de Johnson sería quedarse corto. Johnson mismo es ampliamente visto como nada confiable y descaradamente oportunista. La encuesta en el portal YouGov de diciembre de 2019 reveló que 54% de los encuestados siente que Johnson es alguien que rompe sus promesas, solo el 19% dice que se puede confiar en él. El 60% lo considera un mal modelo a seguir, y solo el 16% considera lo contrario.

El grado de apoyo de los trabajadores a las políticas de Johnson tiene que ver por un sentido de autopreservación, y no por depositar confianza en el gobierno para que actúe a favor de sus intereses. Al igual que en 1939, se trata de una endeble base de apoyo con la que la clase dominante británica está entrando a un periodo sin precedentes de dislocación económica y social.

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Cambios en la conciencia

A medida que la Segunda guerra Mundial avanzaba, la actitud comenzó a cambiar. No hay nada como pedir a los trabajadores que sacrifiquen sus vidas para que se pregunten acerca de la legitimidad del sistema y de la sociedad por la cual se sacrifican. Los martillazos de los acontecimientos eliminaron todo rastro de patriotismo y dieron pie a la radicalización de las masas. Este es, en general, el caso con las guerras; que tiende a abrirse con un periodo de unidad nacional, pero que luego conduce a una mayor polarización de la sociedad en líneas de clase. Ésta es la razón por la cual la guerra conduce tan a menudo a la revolución.

Los trabajadores ingleses seguían queriendo derribar al fascismo, pero había un creciente descontento en cómo lo estaba haciendo su gobierno. Los patrones estaban obteniendo enormes ganancias mientras que los derechos de los trabajadores estaban siendo erosionados, las raciones eran inadecuadas, y la protección antiaérea era deficiente.

Este avance de la conciencia se expresó por sí misma políticamente durante 1942 y 1943, años durante los cuales un partido de izquierda-liberal llamado Riqueza Común (Common Wealth) se presentó a las elecciones contra el gobierno de coalición de todos los demás partidos. Logró ganar en algunos lugares de tradición tory como Edimburgo Skipton y Chelmsford, lo que sacudió a la prensa y los comentaristas burgueses que usaron las páginas de “The Times” y otros periódicos para advertir del efervescente descontento de las masas.

En el frente industrial, el número de huelgas en Gran Bretaña se incrementó año a año desde 1939 hasta 1944, lapso en el que se perdieron 3,7 millones de jornadas de trabajo por las huelgas -la cifra más alta en una década y cifra que no sería igualada sino una década después-. Esto fue a pesar de la existencia de leyes coercitivas como las Condiciones de Empleo y la Orden Nacional de Arbitraje del gobierno, conocidas como Orden 1305, que prohibía las huelgas y que fue ampliamente aceptada por los dirigentes sindicales.

El 1941, los aprendices de metalurgia fueron a la huelga por la mejora de sueldo en Clyside y Coventry, Lancashire, y Londres. Estos trabajadores no estaban sindicalizados y tenían una baja reputación en el terreno de la lucha obrera y combativa, y sin embargo fueron los primeros en desafiar al gobierno y a sus patrones.

En enero de 1942, una huelga de 19 días por mejoras salariales y condiciones de trabajo de los mineros en la mina de carbón de Betteshanger en Kent fue recibida con el procesamiento de 1.050 mineros y la detención de tres dirigentes sindicales. En respuesta, más minas salieron a la huelga en solidaridad con los huelguistas y al final el gobierno retrocedió liberando a los líderes sindicales y retirando los cargos. Los mineros eran trabajadores clave para el proceso bélico, combinado con una férrea organización y militancia, eso les dio el poder de defender su salario y sus condiciones laborales.

A principios de 1943, trabajadores del Astillero Neptune en Tyneside hicieron una huelga de 6 semanas en defensa del acuerdo “closed shop” (tienda cerrada), fortaleciendo la organización de la clase trabajadora. Los metalúrgicos en Barrow también hicieron una huelga en el astillero de Vickers Amstrong sobre la cuestión del salario, que no se había aumentado durante 29 años a pesar de que las gigantescas ganancias de la compañía gracias a la producción armamentística.

La huelga de Barrow no era oficial, pero tenía el respaldo de la agrupación local del sindicato Amalgamated Engineering Union, lo que asustó a los dirigentes sindicales que estaban tratando de mantener una tregua industrial con los patrones. Luchas obreras como esta hicieron que muchos trabajadores comenzaran a criticar el asunto de la guerra, no sólo a los patrones y al gobierno, sino también a los líderes sindicales.

También en 1943, los trabajadores de la fábrica de Chrysler en Londres, que había convertido su producción para la industria bélica, se juntaron para exigir mejores convenios laborales e incrementar el salario mínimo, lo cual consiguieron. Muchos de estos trabajadores eran mujeres cuyos esposos estaban en la guerra. Vieron su lucha como una lucha de las familias obreras, que se desarrollaba en dos frentes -uno contra los nazis y otro contra los patrones que tomaban ventaja de la situación bélica-. Una de esas trabajadoras dijo durante la lucha: “si no lucho por las condiciones laborales y los salarios, o dejo que empeoren, o mi marido me matará cuando regrese a casa”.

Estos ‘trabajadores uniformados’ que conformaban el ejército tenían claro de qué lado estaban en la lucha de clases. En la primavera de 1943, a raíz de la huelga de los mineros de carbón galeses, el titular del periódico impreso por el Octavo Ejército, que en ese entonces estaba en el norte de África, decía: “El derecho a huelga es parte de la libertad por la cual luchamos”. Incluido en ese número, venía una petición al ministro interior firmada por 82 soldados de los Ingenieros Reales protestando por el arresto de 4 trotskistas. A pesar de todos los esfuerzos del gobierno y de la prensa burguesa para poner a los huelguistas en contra de los soldados durante la guerra, la solidaridad de la clase trabajadora fue la que triunfó al final.

El año de 1944 vio a 180.000 trabajadores en huelga por el salario y mejores condiciones en las minas. El salario mínimo en la industria era de £6.10 por día, pero se esperaba que los mineros se conformaran sólo con £5. Además de eso, las medidas de seguridad habían disminuido hasta el punto de que en 1944 era más letal ser un minero que ser un solado.

En respuesta a la huelga, y dada la importancia del carbón para efectos de la guerra, el gobierno intentó reclutar aprendices de otros oficios y mandarlos a las minas, lo que provocó una enorme oposición a dicha medida y en marzo de 1944, 26.000 aprendices reclutados se levantaron en huelga en Tyne, Glasgow, Huddersfield y Teesside, demandando un cese a tal reclutamiento y la nacionalización de las minas. Tal fue la furia de la clase trabajadora que, sea cual fuere la medida del gobierno, se topaba con capas organizadas y militantes de obreros listos para romper la ley y defender sus sueldos y condiciones laborales.

Lo anterior es solo una parte de las disputas en la industria que tuvieron lugar en los años de la guerra. La furia contra la especulación y los malos manejos de los gastos del gobierno, tardaron un par de años para expresarse mediante huelgas, y un par de años más para encontrar su primera -y algo confusa- expresión política. Pero una vez en movimiento, el goteo de las rebeliones industriales pronto se convirtió en un tifón.

Hoy todavía seguimos en esa etapa inicial de la crisis, pero hemos escuchado informes de acciones “no oficiales” en los centros de trabajo en todo el país sobre las grotescas violaciones a las condiciones de seguridad de los trabajadores. Trabajadores de la fábrica Linden Foods en Irlanda del Norte, salieron a exigir las medidas de distanciamiento social en el trabajo. Trabajadores del Mail Royal salieron a la lucha sobre medidas de salud y seguridad, con el apoyo de la dirección de la Unión de Trabajadores de las Comunicaciones. Lo trabajadores de la recolección de basura en la Península de Wirral y aledaños se han reusado a trabajar por las mismas razones.

Aún donde la acción no ha tomado lugar, un estado de ira entre los trabajadores claramente se está gestando. Aquellos que ayer eran vistos como inexpertos, mal pagados, y fácilmente reemplazables, son ahora venerados como trabajadores vitales sin los cuales el país se paralizaría. Esos trabajadores de supermercados, camioneros, y recolectores de basura se han estado dando cuenta de la cruda realidad que viven y la energía potencial que poseen. ¿Por qué deberían los patrones de los supermercados cosechar enormes riquezas mientras los trabajadores siguen cobrando una miseria? Con esta crisis, y con el cambio de conciencia que está trayendo, tenemos un resultado de intensificación de lucha de clases. Las similitudes con los tiempos de guerra son sorprendentes en todos los sentidos.

 

De la guerra a la revolución

El final de la guerra reveló un brusco giro a la izquierda de muchos trabajadores durante el conflicto. Una ola revolucionaria arrasó en Europa, con “The Economist” escribiendo: “el colapso de ese Nuevo Orden esparció una gran propulsión revolucionaria en Europa. Estimuló todos los vagos y confusos -pero sin embargo radicales y socialistas- impulsos de las masas.”

En Gran Bretaña, la afiliación sindical creció de 6.053.000 a 7.803.000 en 1945. El crecimiento no solo fue en número, sino que vino acompañado de militancia férrea. Esto se vio reflejado en el Congreso de Sindicatos (TUC: Trades Union Congress) con un programa radical para la postguerra, que causó un gran eco en el programa electoral del Partido Laborista de 1945, el cual establecía que el objetivo principal del partido era “el establecimiento de la mancomunidad socialista”.

Con un programa socialista radical para romper con la miseria, pobreza y desempleo de los años de la guerra, el Partido Laborista arrasó en votos y llegó al poder en 1945. La clase trabajadora nuevamente organizada y radicalizada en Gran Bretaña catapultó a los laboristas al poder con una cantidad sin precedentes de diputados: 393. Y con grandes expectativas sobre los cambios fundamentales que los laboristas traerían.

Desafortunadamente, los dirigentes en este gobierno laborista se dedicaron a reformar el capitalismo en lugar de reemplazarlo con una sociedad socialista. Despilfarraron los ánimos y la energía de las masas que hubieran consolidado y dado golpes fundamentales contra el sistema capitalista, que tanta muerte y destrucción había causado. Fue este error el que sentó las bases de la victoria electoral conservadora de 1951. Pero, aunque los líderes laboristas demostraron no querer romper las reglas del sistema capitalista, la actitud de los “obreros uniformados” regresando de la guerra, mostraba un tremendo contraste e indicaba el ánimo de la clase trabajadora en ese entonces.

Los obreros enlistados en el ejército británico en el sureste de Asia no habían tenido permiso de regresar después de la guerra, Ya que los imperialistas británicos trataban de conservar la influencia del Imperio en esa región. Furiosos por esta situación, los soldados sintieron que habían perdido el entusiasmo por el nuevo gobierno laborista “radical” de 1945, y todo lo que prometió en materia de trabajo y educación, simplemente para seguir luchando por algo en lo que no creían.

El resultado fue que, en Malaya, las tropas británicas asistieran abiertamente a mítines comunistas. En enero de 1946, la Real Fuerza Aérea en Karachi fue a la huelga, seguida de 4.000 soldados, incluyendo oficiales, hicieran una huelga en la base aérea de Seletar en Singapur. Y otros 5.000 fueron a huelga en la base aérea de Kanpur en la India.

La huelga de la Real Fuerza Aérea pronto se extendió más allá del sureste asiático a través de medio Oriente hasta Egipto y el Norte de África tan lejos como el oeste en Gibraltar. A esta altura 50.000 soldados de la Real fuerza aérea estaban en huelga.

Ante la represión de las autoridades militares, la huelga se extendió a la marina cuando la Flota de su Majestad (HSM por sus siglas en inglés) en el puerto de Singapur se reusó a acatar órdenes y la Marina Real Hindú se amotinó. En mayo de 1946 se había extendido al ejército cuando el regimiento de Paracaidistas en Malaya se rebeló contra las órdenes. Al principio, 240 soldados fueron condenados a prisión, pero tal fue la presión en Gran Bretaña que las condenas fueron anuladas.

El ánimo de los soldados en el frente fue de tal enojo y frustración porque no estaban viendo ninguno de los beneficios por los cuales supuestamente luchaban, que estaban dispuestos a romper la ley militar mediante los motines. Tan poderoso fue el movimiento que las autoridades militares británicas no pudieron castigar a los soldados, sino que, en lugar de eso, accedieron a sus demandas lo antes posible a través de la desmovilización. No fue solo una victoria para estos obreros uniformados, sino que también atizaron un buen golpe contra el poder imperialista británico que había sido un tormento para las masas del sudeste asiático durante décadas.

Es imposible para nosotros predecir detalladamente cómo será la sociedad después de esta crisis de coronavirus. Pero lo que parece inevitable es la radicalización similar a la situación de la guerra, que producirá un poderoso giro a la izquierda de millones de trabajadores.

El cuestionamiento de la estructura de la sociedad por completo, y el deseo ferviente de un cambio fundamental, ya está puesto en mucha gente. Las condiciones en las que las ideas socialistas radicales pueden tener un eco, han comenzado a ser más favorables día con día. Como sucedió en 1945, es muy probable que estos ánimos encuentren un eco dentro del Partido Laborista, en donde muchos miembros han aprendido mucho acerca de la lucha por políticas socialistas en los últimos años a través del liderazgo de Jeremy Corbyn.

Y podemos anticipar que el estado de ánimo será particularmente radical y agudo entre aquellos que han estado en primera línea, justo como las tropas británicas en Asia Oriental en 1945. Ese personal del Sistema Nacional de Salud y otros trabajadores esenciales que han sido forzados a arriesgar sus vidas y las de sus seres queridos para seguir trabajando durante la crisis, serán, con justa razón, los primeros en exigir mejoras a sus condiciones de vida y laborales para la clase trabajadora mal pagada.

Exigirán una inversión adecuada en el Servicio Nacional de Salud, un giro inverso a la austeridad y privatización impuesta a la seguridad social y otros servicios públicos durante los últimos 10 años, y el apoyo a sus amigos y colegas que han perdido sus trabajos como resultado de la crisis. Cuando la clase capitalista y los representantes Tory señalen a los montones de deudas y a una economía en crisis para justificar que esto no es posible, es probable que exploten el ánimo de radicalismo y la voluntad de luchar para derrocar por completo este sistema podrido, corrupto e ineficiente.

 

El papel de la dirección

A pesar del conflicto industrial durante la guerra, los dirigentes del partido laborista mantuvieron una coalición con los Tory. ¡Fue un ministro laborista quien procesó y enjuició a los trabajadores en huelga! Mientras tanto, los dirigentes sindicales estaban decididos a mantener una tregua industrial para conservar la producción y apoyar la guerra, los que los llevó a organizarse contra los trabajadores en huelga.

Después de la guerra, a pesar del anhelo de un cambio fundamental en la sociedad, el gobierno laborista de 1945 no se apoyó en las masas radicalizadas para romper con el capitalismo. En su lugar, terminó por devolverle el poder a los Tories en 1951.

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La forma en que los líderes del movimiento laborista se alejaban de la clase trabajadora radicalizada durante y después de la guerra, debería ser una lección para nosotros hoy en día. Especialmente cuando Sir Keir Starmer, el nuevo dirigente del Partido Laborista, empieza a mirar con buenos ojos un lugar en el gobierno de coalición nacional y a hablar de “comportarse responsablemente” sólo criticando el manejo espeluznante del gobierno ante la crisis del coronavirus cuando “sea el momento adecuado”. Tal charlatanería no hará sino aumentar a medida que se desarrolle la crisis.

El impacto de esta crisis de la salud llevará a mucha más gente a radicalizarse y a sacar conclusiones revolucionarias aún más que en el pasado. Será solo con una dirección que esté dispuesta a romper con el capitalismo y embarcarse en la construcción de una nueva sociedad que podremos darnos cuenta del enorme potencial de mejorar drásticamente la vida de millones de trabajadores. Educarnos en teoría política revolucionaria, agitar con base en ideas socialistas, y organizarnos para establecer la dirección en el Partido Laborista y los sindicatos, son las tareas que tiene cada militante socialista hoy en día.

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