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Marxismo y anarquismo en los movimientos sociales

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Del 15 de mayo de 2011 al 22 de marzo de 2014 no han pasado ni siquiera tres años, pero para la lucha de clases en el Estado Español parece que hubiera pasado una década: la gran huelga minera, las dos huelgas generales de 2012, el auge del movimiento contra los desahucios, las Mareas en defensa de los servicios públicos, las huelgas indefinidas contra cierres de empresas y privatizaciones, el levantamiento de Gamonal… Una amplia gama de movilizaciones y formas de lucha que han cristalizado finalmente en las Marchas de la Dignidad, con las que el movimiento ha alcanzado un nivel superior.

Mucho se ha escrito sobre el 15M en estos tres años, mucho más se va a escribir ahora en su tercer aniversario. Las alabanzas condescendientes e hipócritas que, en sus fases iniciales, recibió el movimiento por parte de la prensa burguesa “progresista”, contrastan con el recelo, cuando no la hostilidad, que han recibido las Marchas de la Dignidad por parte de la misma prensa. Lo que estos comerciales astutos de la burguesía loaban del 15M era precisamente sus debilidades, que a la larga lo llevarían a un lento declive.

Las explosiones sociales no se pueden programar. En todo gran movimiento de la clase obrera, de la juventud y de los sectores oprimidos de la sociedad, ha habido siempre un elemento de espontaneidad en sus inicios. Así fue en la revoluciones rusas de 1905 y 1917, así fue en España en julio de 1936.

Las tradiciones del movimiento obrero español son especialmente espontaneístas. Lo que nos diferencia a los marxistas de otras tendencias del movimiento obrero y juvenil, especialmente de los anarquistas, es que para nosotros la victoria de cualquier huelga, de cualquier movimiento y de cualquier revolución, pasa por dotarla de una dirección cualificada, una dirección que no se puede improvisar. Si el movimiento espontáneo de la clase no encuentra esa dirección, tarde o temprano termina por disiparse. La peculiaridad del movimiento 15M es que desde el principio hizo virtud del espontaneísmo y de la carencia de estructuras organizativas. Esto expresaba un sentimiento sano de rechazo a la democracia representativa burguesa y a los aparatos burocráticos en las organizaciones y partidos, que adoptó la forma, en muchas ocasiones, de rechazo a la política en general. La forma de participación individual, sin presencia de partidos, sindicatos ni tendencias organizadas (al menos abiertamente) entronca con las tradiciones del apoliticismo anarquista que, aunque muy minoritarias hoy en día, siguen teniendo peso específico en el ambiente universitario, ámbito del que en gran medida se nutrió el 15M.

Vistazo histórico al anarquismo en España

El anarquismo es una tendencia histórica del movimiento obrero, y en el Estado Español estuvo presente desde bien pronto, desde los tiempos de la Primera Internacional. Una peculiaridad del anarquismo español es que, desde sus comienzos, contó con una importante base obrera, formada por trabajadores industriales y agrarios a los que no satisfacía el moderantismo de UGT y PSOE. El componente más individualista y pequeñoburgués de la ideología anarquista quedó, de esa manera, solapado ante la fuerza arrolladora de la CNT, que llegó a los años 30 con más de un millón de afiliados y siendo la fuerza hegemónica en Cataluña y en el campo andaluz.

Pero en el momento decisivo, las contradicciones de “la idea” anarquista quedaron al descubierto cuando, el 19 de julio de 1936, las milicias anarcosindicalistas tenían el poder de facto en Barcelona y la dirección de la CNT se negó a constituir un gobierno obrero porque esto hubiera sido una traición a los principios anarquistas, que en lugar de tomar el poder lo que propugnan es destruirlo. La consecuencia fue la paulatina reconstrucción del aparato del estado burgués por parte de los nacionalistas burgueses y los estalinistas catalanes. Finalmente, los propios dirigentes de la CNT que se negaron a tomar el poder, acabaron entrando como ministros en los gobiernos de Largo Caballero y Companys. Tras las jornadas de mayo del 37, la revolución social fue descarrilada en Cataluña y pronto lo fue en toda la zona republicana.

En los primeros años de la dictadura franquista, la CNT y la FAI fueron prácticamente desarticuladas, llegando a la Transición debilitadas y divididas entre las corrientes del interior y del exilio. En el terreno industrial, Comisiones Obreras se comió el espacio que antaño ocupara la CNT, facilitando el crecimiento del PCE y su hegemonía en el movimiento obrero y en la oposición al franquismo. Aun así, al acabar la dictadura, la CNT contaba todavía con una gran tradición y ciertas reservas de apoyo, sobre todo en su viejo feudo de Cataluña. La provocación policial en el llamado Caso Scala y el debate sobre si participar o no en las elecciones sindicales y los comités de empresa provocó una grave crisis en el sindicato que condujo a la escisión de 1979, de la que andando el tiempo surgiría la CGT, formada por los partidarios de usar los mecanismos de participación oficiales en competencia con los sindicatos mayoritarios.

CGT es hoy la principal organización heredera del anarcosindicalismo, aunque en ella conviven con los anarcosindicalistas, militantes marxistas y de otras corrientes que abandonaron o fueron expulsados de CCOO por su giro a la derecha desde los 90. CNT quedó reducida al ámbito estudiantil, con una presencia testimonial en las empresas.

Perdido el grueso de su base obrera, las ideas del anarquismo, en su versión más individualista y refractaria a la organización, encontraron acomodo entre sectores radicalizados de la juventud, especialmente universitaria. Desde los años ochenta hasta hoy, este anarquismo se ha mantenido como una tendencia minoritaria pero muy consolidada en los ambientes universitarios y de la llamada “cultura alternativa”, y ha sido partícipe de todos los movimientos sociales que han existido en los márgenes del movimiento obrero (movimiento okupa, antimilitarista, de radios libres, feminismos, estudiantil, antiglobalización) hasta llegar al 15M.

Las tendencias anarquistas y ultraizquierdistas en la juventud son el peaje a pagar por el reformismo y el conservadurismo de las direcciones sindicales y de la izquierda tradicional. Para muchos jóvenes, el anarquismo ha sido la puerta de entrada a la toma de conciencia y la participación política (por muy antipolítica que se declarara). Su mensaje simple, de rechazo al poder y “contra toda autoridad”, y su radicalismo verbal, encantan a los jóvenes a los que les repele el acomodamiento de las direcciones sindicales y de la izquierda organizada, y que quieren acción inmediata. Finalmente, la experiencia enseña a muchos que el individualismo y el apoliticismo anarquista son un obstáculo para la construcción de una alternativa real al dominio de la burguesía, algo de lo que se dieron cuenta Durruti y sus seguidores en los momentos álgidos de la Revolución Española.

El anarquismo y el 15M

Que la naturaleza aborrece el vacío es una ley. La irresponsabilidad de los dirigentes de CCOO y UGT, al no dar continuidad a la huelga general de septiembre de 2010 en un contexto de aumento dramático del paro y de recortes brutales del gasto público, generó un vacío que alguien tenía que llenar.

La convocatoria de manifestaciones del 15 de mayo de 2011 tenía padres y madres; la plataforma Democracia Real Ya, formada por activistas jóvenes organizados fundamentalmente a través de las redes sociales, y la plataforma Juventud Sin Futuro, centrada en Madrid y que ya convocó una manifestación en abril del mismo año (que ya entonces muchos vimos como un síntoma interesante). En ambas plataformas participaban jóvenes militantes de la izquierda organizada. El éxito de las manifestaciones sorprendió a sus propios organizadores, pero no estamos hablando de un hecho espontáneo. El grueso de los que participamos en las manifestaciones lo hicimos porque en ese momento no había otro canal para expresar nuestra oposición a las políticas de austeridad del gobierno Zapatero, y muchos aceptamos la petición de los organizadores de no llevar banderas ni identificativos de sindicatos o partidos políticos como un mal menor para colaborar con el éxito de las manifestaciones. El movimiento 15M como tal comienza la misma noche del 15 de mayo cuando, en Madrid y en Granada, decenas de activistas intentaron acampar en las Puerta del Sol y la Plaza del Carmen y fueron desalojados violentamente por la policía a las órdenes de Rubalcaba. La respuesta espontánea de miles de jóvenes fue ocupar esas mismas plazas la noche siguiente, ocupaciones que se extendieron a lo largo y ancho del Estado (con excepciones que luego analizaremos). Es aquí donde comienzan el 15M y sus asambleas.

Muchas de las características definitorias de lo que fueron las asambleas del 15M provienen de la influencia del anarquismo “universitario” y de otras corrientes de pensamiento con presencia en ese ámbito (como el activismo no-orgánico predicado por Toni Negri o las ideas postmodernas de Carlos Taibo). En ciudades universitarias, como Granada, ese componente se hace notar más que en otros sitios. Una de estas características, y la que tal vez generó más problemas a la postre, fue la mecánica de toma de decisiones por consenso y la ausencia total de delegación; esto es, de responsables. En lugar de comités o responsables, las asambleas del 15M organizaron grupos de trabajo, sin facultad de tomar decisiones, sino sólo de emitir propuestas a la asamblea, y de portavocías rotatorias. Esto fue aceptado por mucha gente como forma de rechazo al burocratismo que se ve en muchas organizaciones y partidos, y al carácter hipócrita y falso de la democracia representativa burguesa, pero a la larga acabó generando la parálisis de las propias asambleas.

La toma de decisiones por consenso puede generar que una minoría de la asamblea e incluso, yéndonos al extremo, un sólo individuo, bloqueen propuestas que cuenten con el apoyo de la mayoría de la asamblea, teniendo que volver a discutir hasta alcanzar un consenso de mínimos que no termina de satisfacer a nadie. Muchos activistas del 15M se dieron cuenta de los problemas que generaba esta mecánica e intentaron innovar con nuevos modelos, como el consenso -1 (que haría imposible que una minoría pequeña bloquease decisiones) pero esas propuestas no terminaron de cuajar o llegaron cuando ya las asambleas estaban en franco declive.

Nuestro modelo de organización es proletario, y el tiempo de los trabajadores es oro. No podemos estar continuamente discutiendo, menos aún cuando el tiempo apremia en una huelga o en cualquier otra batalla. Nosotros defendemos la toma de decisiones por mayoría, lo que no es ninguna negación de los derechos de las minorías, que tienen todo el derecho a seguir defendiendo sus puntos de vista, pero no a bloquear la decisión de la mayoría.

Los marxistas no estamos en contra de las asambleas, todo lo contrario. En cualquier huelga y en cualquier movimiento importante las decisiones se tienen que tomar de forma democrática en asambleas. Pero además de asambleas el movimiento obrero se tiene que dotar, y se ha dotado tradicionalmente, de otras estructuras democráticas; las asambleas deben elegir responsables, revocables en cualquier momento, que estén mandatados para tomar decisiones rápidas y que rindan cuentas ante la asamblea.

La experiencia de muchos de los que participamos en las asambleas 15M a nivel de barrio o municipio es que el funcionamiento de estas asambleas terminó por desincentivar la participación de mucha gente, y que asambleas que empezaron con cientos de personas entre mayo y junio de 2011 llegaron al primer aniversario del 15M convertidas en pequeños grupos de agitación que se sostenían en base a la afinidad personal y política, casi siempre anarquista. En la práctica muchos activistas volvieron a su punto de partida.

Aun así, la herencia del 15M no ha desaparecido. Especialmente el movimiento por la vivienda tuvo una retroalimentación muy positiva con el 15M. En las ciudades donde no hay grupo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, ese trabajo lo llevan adelante grupos de Stop Desahucios surgidos del 15M, como por ejemplo en Granada, Córdoba, Vitoria y otras ciudades. También las Mareas de los empleados públicos, especialmente la Blanca de la sanidad madrileña y la Verde de la enseñanza, se nutrieron del impulso del 15M y adoptaron parte de su mecánica asamblearia. Con todos sus problemas, ingenuidades y confusión, el 15M fue el primer paso necesario para llegar a donde estamos hoy.

Para terminar con la cuestión del 15M, hay que señalar que la zona del Estado donde menos caló éste movimiento fue Euskal Herria. A parte de pequeñas acampadas y asambleas en Bilbao y Pamplona, el movimiento no tuvo apenas incidencia en el territorio vasco. No se trata de que el 15M fuera un movimiento “español” (de hecho la Acampada y las asambleas de Barcelona fueron masivas). El hecho es que en el País Vasco la izquierda abertzale es un movimiento tradicional con un nivel de organización y de militancia muy alto, que vertebra a una capa muy importante de la clase obrera y de la juventud y que hegemoniza buena parte de los movimientos sociales que, en otras zonas del Estado, tienen más presencia de grupos de izquierdas de todo tipo y de anarquistas.

Los anarquistas ante las Marchas de la Dignidad

Tanto CGT como CNT han participado en las Marchas de la Dignidad. Como señalábamos antes, la histórica CNT ha quedado reducida a una pequeña secta sindical con una presencia testimonial en las empresas y con una actitud muy sectaria hacia el resto del movimiento. Ese sectarismo se manifiesta sobre todo en su sindicato de Enseñanza; sólo cuatro días después del 22M un grupo de militantes de éste sindicato fueron a reventar una manifestación convocada por el Sindicato de Estudiantes, siendo rechazados tanto por los militantes del SE como por trabajadores de Coca-Cola de Fuenlabrada en lucha que apoyaron la manifestación estudiantil. Esto no es la primera vez que ocurre, y da la medida de hasta dónde llega la voluntad “unitaria” de lo que antaño fue un gran sindicato.

CGT, la mayor organización heredera del anarcosindicalismo (aunque en su seno haya también muchos militantes comunistas y de izquierdas), ha mantenido una actitud sectaria incluso dentro de las coordinadoras. Las Marchas han llegado en un momento en que la CGT se halla enfrascada en una batalla abierta contra el SAT por la “hegemonía” del sindicalismo alternativo. CGT se negó a firmar el manifiesto estatal de las Marchas por no incluir la reivindicación de la huelga general. Esta consigna es ahora mismo el eje de la agitación de la CGT, lo que entronca con la tradición anarcosindicalista que hacía de la Huelga General un fetiche, en la creencia de que la huelga generaría por sí misma una situación insurreccional que haría caer al sistema en su conjunto. La Historia ha demostrado que esto no es así.

No tenemos ninguna duda de que la situación requiere una huelga general, que a nuestro juicio tiene que contar con una planificación seria para darle continuidad si queremos tumbar al gobierno. Pero la realidad es que, pese a la demostración de fuerza del 22M, todos los sindicatos alternativos juntos no tienen la capacidad de convocar una huelga general en todo el Estado y que sea seguida por el conjunto de la clase obrera, menos aún la CGT en solitario.

Plantear, como hacen muchos compañeros de CGT, que el movimiento obrero se va a reorganizar en contra de CCOO y UGT es un error sectario que no podemos dejar de señalar. Por supuesto, que las cúpulas de UGT y CCOO son un obstáculo a remover, pero hay que removerlos precisamente para recuperar para la clase a las mayores organizaciones obreras, de las que depende en buena medida el éxito de cualquier huelga. A los marxistas no nos interesa dividir las fuerzas de la clase obrera organizada. Respetamos el trabajo de todos los sindicatos de clase. El SAT en particular ha jugado un papel determinante en las Marchas. De lo que se trata, y para eso tiene que servir el impulso del 22M, es de unir, y es mucho más interesante para eso explotar las contradicciones que existen entre las cúpulas y las bases de los sindicatos mayoritarios que meter a todos en el mismo saco. Esas contradicciones son visibles, en especial en CCOO. Muchos cuadros, sindicatos, federaciones y comités de empresa de CCOO se unieron a las Marchas de la Dignidad y prestaron apoyo logístico a las columnas. La presión de la lucha de clases terminará sacudiendo las oxidadas estructuras de los sindicatos mayoritarios.

El movimiento aprende de su experiencia. Las Marchas de la Dignidad suponen un salto adelante con respecto al 15M también en la cuestión organizativa. Ahora tenemos coordinadoras y plataformas abiertas donde cada organización participa con identidad clara y con libertad para defender su programa. En las coordinadoras no hay miedo a votar ni a tomar decisiones por mayoría, aunque se siga prefiriendo el consenso mientras sea posible. Las coordinadoras pueden jugar un papel aglutinador para organizar luchas defensivas (contra la represión, de apoyo a las luchas obreras…) y también ofensivas, como una nueva marcha que tendrá lugar en otoño.

Lo más importante de todo es que el movimiento de las Marchas de la Dignidad ha identificado expresamente al verdadero enemigo a batir: el poder económico de los banqueros, grandes empresarios y terratenientes (algo que nunca alcanzó a precisar claramente el movimiento del 15M), y ha formulado sin ambigüedades que la economía debe estar en manos del pueblo como única manera de resolver los graves problemas sociales. Esto es un enorme paso adelante.

Para los marxistas no existen panaceas organizativas, las formas de organización son herramientas para construir. Las coordinadoras y las plataformas de mínimos sirven ahora para organizar y movilizar, pero en el futuro se planteará la lucha a un nivel todavía superior, tendremos que decidir si luchamos por el poder o no. No nos podemos permitir otra vez el error de la CNT en julio de 1936; queremos el poder y lo queremos para construir el socialismo.