Marcos Ana, In Memoriam

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Desde Lucha de Clases y la Corriente Marxista Internacional nos unimos al duelo de los camaradas, familiares y amigos de Marcos Ana, y rendimos tributo al militante y poeta comunista, ejemplo de una generación inigualable en la lucha y la resistencia contra el fascismo y por un mundo verdaderamente humano y socialista.

marcos anaCartel de homenaje de IU a Marcos Ana. Foto: José CamóLa vida de Marcos Ana -nacido Fernando Macarro Castillo- es suficientemente conocida para que hagamos un recorrido detallado sobre ella, y no queremos ser repetitivos; sobre todo en estos días donde multitud de compañeros más cualificados y conocedores del hombre y de su obra: del PCE, de IU, intelectuales  y medios de comunicación progresistas y de izquierdas, están aportando una gran cantidad de material biográfico y literario que recomendamos leer. Baste nuestra recomendación encarecida de que todo activista de izquierdas y revolucionario deba leer su extraordinaria autobiografía: “Decidme cómo es un árbol”.

Sólo queremos añadir a nuestras condolencias y a nuestro mensaje de pesar por el fallecimiento de Marcos Ana, unas pocas líneas a modo de reflexión y homenaje.

Marcos Ana fue el preso político que pasó más años en las cárceles del franquismo, 23. Entró al final de su adolescencia, a los 18 años, y salió como hombre maduro a los 41. Hijo de campesinos pobres, autodidacta, ingresó en 1936 a las Juventudes Socialistas Unificadas y posteriormente al PCE, y participó en la guerra y resistencia contra el fascismo. Su padre murió en un bombardeo de los fascistas. Tuvo dos condenas a muerte, de las que pudo librarse, como cuenta en su autobiografía, por puro azar. Se hizo poeta en la cárcel y participó activamente en las tareas de  organización clandestina de los presos políticos. Pudo pasar sus poemas fuera de la cárcel y dar conocimiento y amplitud, a través de ellos, a las durísimas condiciones de existencia y de resistencia de miles de presos del franquismo. Fue la presión internacional, a través de la difusión de su obra y de la labor del PCE, y la solidaridad internacional del movimiento obrero y de la intelectualidad progresista, la que consiguió arrancarlo de las cárceles franquistas. A partir de ahí se puso al servicio del exilio republicano y comunista español para denunciar a la dictadura franquista, exiliándose él mismo hasta 1977.

Reivindicamos y reconocemos en Marcos Ana, al exilio español y a los prisioneros de la Guerra Civil, a las decenas de miles de los que, si no fueron asesinados, fueron internados en campos de concentración o en brigadas de trabajo esclavo durante años o que, como Marcos Ana, permanecieron largos años en la cárcel. Reconocemos también en él a la segunda generación heroica del interior, que tomó el relevo de la primera –la de la Guerra Civil y la Revolución– en la lucha contra la dictadura: a los cientos de miles de luchadores obreros, de izquierdas, estudiantes, mujeres del barrio, que con sus huelgas, sus reuniones clandestinas, y la construcción de organizaciones obreras, políticas y populares en condiciones de una dictadura cruel libraron una lucha sin cuartel, en muchos casos a muerte, contra el régimen franquista.

Reconocemos en la vida de Marcos Ana a los torturados, a los asesinados, a los prisioneros políticos, y a los despedidos de sus empresas por hacer huelga o por motivos políticos, de esta segunda generación heroica. Reconocemos a las miles de mujeres debatiendo en reuniones y asambleas ilegales su doble condición de explotadas y su carencia de derechos políticos, que participaban igualmente en la construcción del movimiento obrero en sus empresas; y junto a los demás luchadores de sus barrios, en la formación de las asociaciones de vecinos, culturales y educativas. Y recordamos a la sangre que también corrió  ...

Queremos recordar en Marcos Ana el contraste entre estos auténticos héroes de carne y hueso, y los fantoches e impostores que la historia oficial de La Transición “a lo Victoria Priego”, ha querido hacernos pasar durante 40 años como luchadores por la democracia: los Juan Carlos, los Suárez, los Torcuato Fernández Miranda, y demás. Riñones del riñón del franquismo y su dictadura. 

¿Alguien fue testigo, antes de 1976, de un mínimo hecho o gesto, por pequeño que fuere, de Juan Carlos, Suárez, o de los 7 ministros franquistas fundadores del PP, a favor de un solo preso político, de un solo huelguista detenido o despedido, de un solo estudiante golpeado, de un pésame a la familia de un solo asesinado o fusilado? ¿Hubo una sola declaración suya a la prensa nacional o extranjera protestando por la falta de libertades? No, desde luego por parte de Juan Luis Cebrián, jefe de los servicios informativos de la TV  en el régimen franquista ¿En qué se jugaron el pellejo en lo más mínimo esta gente antes de 1976? Ni un solo gesto valiente ha quedado registrado de ellos hacia su pueblo cuando éste luchaba por la democracia y la libertad y, para decir toda la verdad, también por una sociedad justa e igualitaria, socialista, conocieran o no esta palabra. Aplaudían cada palabra del Caudillo y comían en sus cenas oficiales mientras cientos de miles batallaban contra la dictadura. Fue el miedo a la revolución, a la fuerza descomunal desplegada por el movimiento obrero en condiciones de clandestinidad, lo que fracturó la dictadura y lo que hizo que sus sectores más inteligentes llegaran a la conclusión de que había que hacer “reformas”, para no perderlo todo.

Por eso causa repugnancia escuchar en los discursos oficiales de los herederos e hijos del régimen franquista, reconvertidos en demócratas de toda la vida, cómo otorgan carnets de demócrata y de derechos humanos a quienes les place, y quitárselos a quienes no.

Es necesario contar la verdad de la historia de la Transición y, para ser honestos, qué balance hacer de la política de los dirigentes de la izquierda en aquel entonces, para que entraran en componendas con los herederos del franquismo que frustraron a millones, y quedaran salvaguardados en lo fundamental los intereses de quienes sostuvieron la dictadura, la gran burguesía, la monarquía  y el aparato del Estado franquista, que también se mantuvo intacto en lo fundamental. Pero esa es otra historia, y hoy no toca.

La desaparición física de Marcos Ana nos golpea en la conciencia como un aldabonazo, por él, por su época y por la nuestra. A diferencia de todas estas pulgas y enanos políticos, que se pavonean en los salones, con sus coches oficiales, en los despachos ministeriales, con una placa en cada estación de metro y del AVE; el hombre, humilde, se retira en silencio y en paz, sin monumentos ni despedidas oficiales, sin placas, calles ni estatuas, salvo el homenaje cálido y fraterno de sus camaradas, amigos y de miles de activistas sociales y luchadores populares. El gran escritor francés, Víctor Hugo, afirmó: el cuerpo queda en la tierra, pero las ideas permanecen de pie. Estamos seguros de que el único monumento al que aspiraba Marcos Ana, el más importante, era el ejemplo de su vida y su obra, que sostendrá el entusiasmo, la fe y la lucha de las nuevas generaciones por ese mundo auténticamente humano y socialista al que él también aspiraba.

Decidme cómo es un árbol

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire.

Recitadme un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre,
decidme cómo es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman de enamorados
tiemblos de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa?

22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas,
su olor, su aroma,
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.

Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron.

No puedo seguir:
escucho los pasos del funcionario.

Marcos Ana

Carta urgente a la juventud del mundo

Si la juventud quisiera
mi pena se acabaría,
y mis cadenas.

(Decid ¡basta!
Haced la prueba.)

Vuestros brazos son un bosque
que llena toda la tierra;
si enarboláis vuestras manos
el cielo cubrís con ellas.
¿Qué tiranos, qué cerrojos,
qué murallones, qué puertas
no vencieran vuestras voces
en un alud de protesta?

(Todos los tiranos tienen
sus pedestales de arena,
de sangre rota, y de barro
babilónico sus piernas.)

Pronunciad una palabra,
decid una sola letra,
moved tan solo los labios
a la vez y la marea
juvenil atronaría
como un mar cuando se encrespa.

Pero, ¿quién soy yo, qué barco
de dolor, qué espuma vieja,
qué aire sin luz en el viento
acerco a vuestras riberas?

Como campanario de oro
vuestros corazones sueñan.
La juventud es la hora
del amor, su primavera.
¿Por qué mover vuestras ramas
alegres con mi tristeza?
¿No es mejor que yo me coma
mi pan solo en las tinieblas;
que mis pies cuenten las losas
veinte años más, mientras sueñan
mis alas entre las nubes
de un cielo roto en mis rejas?

Pero la vida -mi vida-
me está clamando en las venas;
abrasa loca las palmas
de mis manos; lanzaderas
clava y desclava en mi frente
y el pensamiento me quema.

Ved nuestros tonos. Ya somos
como terribles cortezas;
claustrales rostros, salobres
ojos que buscan a tientas
-sedientos de luz y sol-
una grieta entre las piedras.

No sabéis lo que es vivir
muriéndose a vida llena;
grises, sobre grises patios,
sin más luz que una bandera
de amor...

Ni lo sepáis nunca...
Más si queréis que esta lepra
jamás os alcance el pecho,
no dejéis "mi muerte" quieta.
No dejadme, no dejadnos
con nuestras sienes abiertas
y en un cerrojo sangrante
crucificada la lengua.

Levad vuestros pechos. ¡Pronto!
( Es bueno que esta gangrena
os revuelva las entrañas.)
¡Echad abajo mi celda!
Abrid mi ataúd; que el mundo
en pie de asombro nos vea
indomables, pero heridos,
sepultos bajo la tierra.
¡Que no queden en silencio
mis cadenas!

Marcos Ana